Érase una vez Dani García Restaurante

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Desde que me hablaron en algún lugar de su Tomate Nitro, he estado obsesionada con la falaz fruta salada rellena y con su creador, Dani García. Y ahora que por fin he podido convertir esa fijación casi enfermiza en una realidad, debo decir que el Tomate Nitro está bueno, muy bueno, pero que el resto de la carta lo deja en apenas un plato resultón. Así de espectaculares son las maravillas que uno se encuentra cuando uno entra en esa madriguera del conejo que es el menú Once Upon a Time. Tras el carrito de panes (fantásticos el de té verde y la focaccia), todo empieza con un libro, no podía ser de otro modo.

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Un libro de madera hueco que cada comensal deberá abrir para encontrarse con un pequeño Cupcake de zanahoria y bacalao ahumado, que se debe comer de un bocado, “con papel incluido”, como advirtió el camarero. La cremosidad de la zanahoria, el toque de humo y mar del bacalao, un punto de acidez… ¡Menudo inicio! Tras abrir el libro, ahora tocaba afilar el lápiz. Literalmente, porque así se llamaba el siguiente plato: un maravilloso yogur de foie  con virutas de anguila ahumada, que se asemejaban a las virutas de los lápices, y pequeños trozos de naranja escabechada. Uno de los highlights de la velada, sin duda.

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Pero ahora era el turno del protagonista, el tomate, ¡mi tomate! Entraba en escena el Tomate Nitro sobre una cama de pipirrana helada cuya intensidad entraba por la boca, resonaba en el cerebro y se quedaba para siempre en las entrañas y la memoria. Aunque quedó eclipsado con el que, para mí, fue uno de los dos mejores platos de la noche: el Ajoblanco cuajado con caramelo de pimientos y lichi, una genial reinterpretación en que el tradicional ajoblanco con uva se traducía en una cuajada de ajoblanco con una espuma de lichi aportando el dulzor de la uva y un extra de exotismo. Bajaba levemente el nivel con una Bearnesa helada con hígado de rape que, no obstante, me sorprendió gratamente por su suavidad. Pero es que, claro, quedaba el otro plato estrella que todavía me persigue en mis sueños más tórridos. Un encaje negro rompe la blancura del contenido blanco de un bol. “Hay que romper el encaje con la cuchara y coger de abajo a arriba, para comer un poco de todo”. Así lo hago y, sin tener ni idea de a qué me enfrento, me encuentro con tinta de calamar solidificada, mousse de chipirón y guiso de chocos. El Croché. Esta noche lo volveré a saborear en sueños.

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Terminaba así la degustación de entrantes y empezaba el festival de segundos, que se abría con una fantástica Presa de ibérico con pesto rojo, patatas soufflés y salsa anisada, donde las dos maravillosas salsas brillaban sin restarle protagonismo a una carne de calidad y punto exquisitos. No se quedaba atrás el Cochinillo asado con ciruelas Hoisin, pepinillo y remolacha, un cubo perfecto de ternísimo cochinillo desmigado que contrastaba a la perfección con los crujientes pepinillos y el toque ácido y asiático de las ciruelas. Quedaba rezagada en esta maratón de los sentidos una Ventresca de atún con chilmole, kumkuats y huevas que no conseguía conjugar la finura de su salsa con la textura de las huevas. Un traspiés menor, claro está.

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Llegaba la hora de evaluar el ratio de llenura/gula y decidir si queríamos postre. La duda ofende. Dos, por favor: un Coco loco y un Soufflé de avellanas. A nuestra mesa llegaba un coco abierto por la mitad, que en realidad no lo era: era chocolate blanco que, gracias al nitrógeno había adquirido la forma de un coco, y que recubría una fina capa de gianduja y coco rallado. Plas plas plas. Pero, ojo, que el soufflé era una auténtica locura: a modo de volcán y bajo una nube de algodón de azúcar, erupcionaba una dulce y caliente lava de avellana. Bravo, bravo y bravo.

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Y cuando pensábamos que a estas alturas Dani (porque después de esta experiencia ya es tan mío que no le pongo apellido) ya no podía sorprendernos más, van y nos traen un pastel gigante con una tetera rosa que recordaba a Alicia en el País de las Maravillas. Nada de ello se comía, pero en un cajón secreto se escondía la dulce sorpresa de los petit fours.

 

Nada puede mejorar esto, pensaréis. Pues os equivocáis: tras el ágape pudimos entrar en la cocina y conocer a Dani García, que se despidió con un “moltes gràcies” y me dejó con una sonrisa de oreja a oreja.

 

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Acerca de El Mono Bipolar

Si se cruzan con este simio por la calle, yo de ustedes me cambiaría de acera, porque igual les da un abrazo que les arrea un sopapo. Es peligroso y debería estar enjaulado. De hecho, lo está: lo tenemos, cual Jesse Pinkman, en los sótanos del cuartel general de los Idos de la Olla, tecleando sin cesar, y de vez en cuando lo dejamos salir a comer en restaurantes y hacer talleres de cocina para que luego lo cuente aquí. Entre sus aficiones se hallan quemar cocinas, comer bananas y lanzar heces a transeúntes. Ello no es óbice para que a veces tenga un paladar de lo más refinado y excelente mano en los fogones.

Publicado el 1 septiembre, 2014 en En la calle y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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